Hemos perdido la capacidad de asombro

Volviendo del trabajo escuché en la radio la entrevista a un chofer de micro de línea, en la que contaba cómo se había perdido la costumbre de ceder el asiento. En los 19 años que lleva en su trabajo, resaltó cómo se fue deteriorando el respeto por el prójimo.

Tanto es así que contó una anécdota en la que se vio obligado a detener el micro para pedir que le cedan el asiento a una mujer embarazada: “Si nadie le cede el asiento, se lo voy a tener que ceder yo, y así no nos vamos a ningún lado”, sostuvo.

¿No parece increible? Nos hemos acostumbrado a inmutarnos al escuchar sobre un nuevo asesinato. Los robos han dejado de estar en los titulares de los diarios. Ya casi no son noticia los terribles accidentes automovilísticos que sufrimos a diario (22 muertos por día). Cortar una ruta, tomar un colegio; es parte de lo cotidiano.

Por supuesto, estos asuntos son demasiado complejos, la sociedad misma no sería capaz de resolverlos y es por esto que bajo la democracia es el gobierno elegido quien debiera encargarse. Pero al haber adoptado el escenario actual como el estado natural de las cosas no se nos pasa por la cabeza siquiera reclamar mejoras; el panorama es éste y no es posible concebir algo diferente.

Sin embargo también se han perdido los detalles de la vida cotidiana en los que sí depende de uno hacer de éste un lugar mejor para vivir. Es moneda corriente ver las paredes escritas, las calles sucias, no respetar los semáforos, y por qué no… no ceder el asiento, incluso a una mujer embarazada.

Es común escuchar a los mayores decir: “los niños han perdido la capacidad de asombro”, generalmente refiriéndose a que la tecnología no es novedad para ellos. Sin embargo pareciera que nosotros, los adultos, también la hemos perdido.

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